Agosto 11, 2020 a las 4:00 PM
Y vino a morar en una ciudad llamada Nazaret; Cumpliéndose de este modo el dicho de los profetas: Será llamado Nazareno.
Ser rechazado es una experiencia tremendamente desagradable que deja una herida muy profunda. Nadie disfruta que lo desprecien.
Cuando Dios se manifestó en carne no vino para morar entre los grandes de la tierra. Se estaba humillando al dejar las glorias celestiales y venir a la tierra, sin embargo, fue más allá. No vivió en Roma, la capital del imperio romano. Tampoco en Jerusalén, donde se encontraban los rabinos y religiosos reconocidos. Habitó en Nazaret, una ciudad menospreciada entre el pueblo de Israel.
El título que colocaron sobre la cruz fue: “Jesús nazareno, rey de los judíos” (Juan 19:19). Todo esto era para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: “Despreciado y desechado entre los hombres” (Isaías 53:3). Cristo sabe lo que es ser rechazado y se muestra compasivo y condescendiente con aquellos que experimentan lo mismo.
Él no rechazará a nadie que acude a Él buscando salvación, como dijo: “al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). En cuanto al creyente, Cristo espera que nos acerquemos a Él con nuestro rechazo, soledad, cargas y problemas. Nadie puede comprender y relacionarse más con nosotros en nuestras debilidades y dificultades que nuestro Señor Jesucristo.
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Mientras que Europa comienza a planificar la fase de las post-pandemia, en América Latina la situación del coronavirus continúa agravándose y la curva de contagios de muchos países todavía no ha alcanzado su punto de inflexión.